LA EDAD DE LA MUERTE
Llegó a la primera consulta manejando un auto imponente.
Estaba agitado. Hablaba rápido, respiraba rápido, parecía vivir con el acelerador apretado.
Había creado un negocio de nicho destinado a proveerle sonido a las iglesias. Su principal capital era la confianza. Respondía con el servicio, cumplía y los clientes lo recomendaban. En pocos años, aquella pequeña empresa había crecido hasta convertirse en algo mucho más grande que él.
El problema era que seguía administrándola como cuando era pequeña.
Toda la información estaba en su cabeza. No analizaba demasiado, recordaba. No necesitaba una agenda porque él mismo era la agenda. Sabía qué había que hacer, a quién llamar, qué cliente estaba esperando y qué problema debía resolver.
La empresa había crecido. Él no había tenido tiempo de hacerlo con ella.
Además, debía viajar constantemente de una punta a la otra del país. Kilómetros, reuniones, llamados, decisiones. Se sentía exhausto.
Era relativamente sencillo ordenar aquel caos. Había información suficiente. Era necesario sacarla de su cabeza, ponerla en sistemas, establecer prioridades, delegar, medir.
Pero había algo que no cerraba.
Aunque comenzaba a recuperar el control del negocio, la angustia persistía.
Entonces decidí preguntarle por su historia personal.
Se puso serio y me contó que tenía once años cuando vio suicidarse a su padre.
O, al menos, cuando vio lo que durante toda su vida creyó que había sido un suicidio. Nunca pudo saber con certeza si aquel hombre se había arrojado voluntariamente al vacío o si había sido un accidente.
Había una escena que no había podido cerrar. Y había un dato todavía más inquietante, su padre tenía 33 años cuando murió.
Él tenía 32.
La coincidencia podía no significar absolutamente nada.
Pero, desde la perspectiva desarrollada por la psicoterapeuta francesa Anne Ancelin Schützenberger, las coincidencias de fechas y edades dentro de una familia pueden convertirse en una señal para investigar. En ¡Ay, mis ancestros!, Schützenberger llamó síndrome del aniversario a un conjunto de repeticiones observadas en historias familiares: muertes, accidentes, enfermedades, matrimonios, nacimientos u otros acontecimientos que parecen concentrarse en fechas o edades similares a las de hechos significativos ocurridos en generaciones anteriores.
No se trata, al menos desde una mirada rigurosa, de afirmar que existe una fuerza misteriosa que obliga a una persona a repetir el destino de un antepasado.
La idea es que la historia familiar puede dejar huellas.
Que aquello que no fue elaborado puede adquirir nuevos significados en las generaciones siguientes.
Y que algunas coincidencias se vuelven particularmente inquietantes cuando conocemos el relato que las precede.
Él estaba entrando en el mismo territorio temporal en el que había muerto su padre.
Poco después desapareció. No supe nada más de él.
Hasta que una mañana recibí un mensaje suyo. Estaba muy perturbado.
Había tenido un accidente con su auto y el vehículo había quedado destruido.
Él había sobrevivido.
Me escribió que había tenido una suerte extraordinaria.
Volví entonces a pensar en aquella conversación.
Su padre había muerto al arrojarse -o caer- desde un lugar elevado.
Él había llegado a la edad en la que había muerto su padre.
Y ahora un accidente automovilístico lo había puesto nuevamente frente a la posibilidad de morir.
La coincidencia era inquietante. Pero había una diferencia decisiva. Esta vez había sobrevivido.
Si uno acepta la mirada de Schützenberger, el accidente podría leerse no como el cumplimiento inevitable de una profecía, sino como una repetición transformada: el pasado parece volver, pero con otro desenlace.
Y quizá allí esté la verdadera potencia del concepto.
No en predecir el futuro, sino en mirar hacia atrás.
Porque cuando una persona conoce una fecha, una edad o un acontecimiento que marcó profundamente a su familia, puede comenzar a preguntarse si determinadas coincidencias son simplemente eso -coincidencias- o si revelan una historia que todavía necesita ser comprendida.
El síndrome del aniversario propone justamente esa pregunta.
No dice necesariamente: esto volverá a ocurrir.
Dice: mirá lo que ocurrió antes.
Porque a veces necesitamos conocer la historia que nos precede para dejar de vivirla como si fuera nuestra.
Y quizá aquel accidente no haya sido una profecía cumplida.
Quizá haya sido lo contrario.
Una advertencia. El mismo lugar del calendario, la misma edad.
Otro destino.
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