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LA PAZ NO ES QUEDARSE CALLADO

IVÁN JAVIER GONZÁLEZ

Hay personas que, para no tener problemas, llevan años teniendo problemas consigo mismas.

Prefieren callar para no incomodar. Aceptan decisiones con las que no están de acuerdo. Sonríen cuando algo les molesta y responden "todo bien", aunque por dentro sepan que nada está tan bien.

Lo hacen en la familia, con los amigos, en la pareja y, por supuesto, también en el trabajo.

Quizá porque aprendimos a relacionar la paz con la ausencia de discusiones. Creemos que una relación está bien porque nadie levanta la voz, que un equipo funciona porque nadie contradice al líder o que una organización tiene buen ambiente porque los desacuerdos nunca aparecen en las reuniones.

Pero la ausencia de conflicto no siempre significa que exista paz.

A veces solo significa que alguien dejó de sentirse seguro para hablar.

Esta semana conmemoramos el Día Internacional de la Paz. Una fecha que suele llevarnos a pensar en los grandes conflictos del mundo, pero que también podría invitarnos a observar esas pequeñas guerras silenciosas que ocurren todos los días dentro de nosotros.

La conversación que seguimos aplazando, el límite que no nos atrevemos a poner, la incomodidad que preferimos disfrazar de paciencia, la opinión que guardamos porque tememos ser vistos como problemáticos, poco comprometidos o demasiado sensibles.

En el trabajo ocurre con frecuencia.

Una persona sabe que no podrá cumplir un plazo, pero dice que sí, un colaborador siente que la carga es injusta, pero prefiere no mencionarlo. Alguien identifica un error en una decisión, pero guarda silencio porque fue decidido por su jefe.

También están las reuniones en las que todos asienten y los pasillos en los que todos cuestionan.

Entonces aparece una paz extraña: nadie discute, pero tampoco existe confianza. Las personas cumplen, aunque dejan de proponer. Permanecen, pero comienzan a desconectarse. Sonríen, aunque acumulan frustraciones que tarde o temprano encontrarán otra forma de expresarse.

Porque callar puede evitar una discusión momentánea, pero rara vez resuelve aquello que la provocó.

Ahora bien, hablar tampoco significa decir todo lo que pensamos de cualquier manera. La honestidad sin cuidado puede convertirse en una nueva forma de agresión. No se trata de lanzar palabras y después justificarnos diciendo: "Yo solo estaba siendo sincero".

La verdadera paz necesita claridad, pero también respeto.

Implica aprender a decir "esto me incomoda" sin atacar. Preguntar antes de asumir. Escuchar una opinión distinta sin convertirla en una amenaza. Reconocer que nos equivocamos y comprender que no todo desacuerdo necesita un ganador.

Hay conversaciones que requieren una pausa, porque hablar desde la rabia puede empeorar las cosas. Pero hacer una pausa no es lo mismo que escapar. Una cosa es elegir el momento adecuado y otra muy distinta esperar eternamente a que el problema desaparezca solo.

Las organizaciones también tienen una responsabilidad en esta conversación. No basta con pedirles a las personas que hablen si después se les castiga por hacerlo.

La confianza se construye cuando un líder puede escuchar una crítica sin tomarla como una traición; cuando decir "no sé" no resta autoridad; cuando señalar un riesgo es entendido como responsabilidad y no como resistencia al cambio.

Un equipo sin desacuerdos no necesariamente es un equipo unido. Puede ser simplemente un equipo que aprendió que disentir resulta peligroso.

La paz dentro de una organización no consiste en eliminar las diferencias, sino en crear condiciones para expresarlas sin destruirnos. Necesita conversaciones claras, acuerdos posibles, flexibilidad para comprender distintas realidades y responsabilidad para hacernos cargo de nuestras palabras y decisiones.

Esto también aplica en nuestra vida personal.

Decir que no nos gustan los conflictos puede sonar admirable, pero a veces es una forma elegante de reconocer que no sabemos cómo enfrentarlos. Evitarlos no nos convierte automáticamente en personas pacíficas. En algunos casos solo nos convierte en personas que acumulan silencios.

Tal vez vivir en paz no signifique estar siempre de acuerdo.

Quizá signifique poder permanecer en una conversación difícil sin dejar de respetar al otro, pero también sin abandonarnos a nosotros mismos.

Porque la paz no siempre comienza cuando todos callan. A veces comienza cuando alguien, con respeto y valentía, se atreve a decir lo que necesita ser dicho.

Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte una pregunta:

¿Qué conversación sigues evitando porque has confundido la paz con el silencio?

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