Llega octubre y, de repente, parece que al año se le está acabando el tiempo.
En las empresas comienza el famoso último trimestre: el Q4. Aparecen las metas pendientes, los presupuestos por ejecutar, los indicadores que necesitan recuperarse y una palabra que empieza a repetirse en todas las reuniones: cierre.
Hay que cerrar negocios, proyectos, ventas, evaluaciones y compromisos. Todo parece urgente porque diciembre está más cerca y el calendario comienza a ejercer una presión que durante los meses anteriores no parecía tan evidente.
En nuestra vida personal ocurre algo parecido.
Recordamos los propósitos de enero, las conversaciones aplazadas, los libros que no leímos, el ejercicio que abandonamos, el viaje que no hicimos, ese almuerzo prometido con excompañeros y todas esas promesas que comenzaban con una frase aparentemente inofensiva: "Este año sí".
Entonces empezamos a correr.
Queremos resolver en tres meses lo que postergamos durante nueve. Como si octubre activara una cuenta regresiva y tuviéramos pocas semanas para convertirnos en la persona que imaginamos al comenzar el año.
Pero correr no siempre significa avanzar.
En ocasiones solo significa hacer más cosas, más rápido y con menos claridad. Aceptamos compromisos que difícilmente podremos sostener, llenamos los días de pendientes y comenzamos a tratar cada solicitud como si fuera una emergencia.
Las organizaciones también entran en esa carrera.
Un objetivo que no fue acompañado durante meses se convierte, de repente, en prioridad. Los equipos reciben nuevas tareas sin retirar ninguna de las anteriores. Las reuniones aumentan, los horarios se extienden y la urgencia comienza a utilizarse como método de gestión.
Entonces el cierre del año deja de ser una etapa de consolidación y se convierte en una prueba de resistencia.
Por supuesto que las metas importan. Cumplir los compromisos también es una forma de responsabilidad. El problema aparece cuando intentamos proteger los resultados sacrificando precisamente a las personas que deben hacerlos posibles.
No todo lo pendiente puede convertirse en urgente.
Un liderazgo responsable necesita distinguir entre aquello que todavía es posible alcanzar, lo que debe reorganizarse y lo que tendremos que reconocer que no sucederá este año. Aceptar la realidad no es conformismo; también puede ser una señal de madurez.
A veces una meta no se cumplió por falta de esfuerzo. Otras, porque cambiaron las condiciones, aparecieron nuevas prioridades o simplemente calculamos mal. Lo verdaderamente importante es comprender qué ocurrió antes de exigir que las personas corran todavía más rápido.
Curiosamente, esta semana también celebramos a quienes dedican su vida a enseñar. Y quizá el propio año pueda convertirse en un maestro si nos detenemos lo suficiente para escuchar lo que vino a mostrarnos.
Antes de preguntarnos únicamente qué falta por cumplir, podríamos preguntarnos qué aprendimos.
¿Qué decisiones funcionaron? ¿Qué cargas aceptamos innecesariamente? ¿Qué conversación debimos tener antes? ¿Qué estamos intentando sostener solo para no reconocer que necesitamos cambiar de dirección?
Aprender también forma parte de cerrar.
En nuestra vida personal ocurre lo mismo. No necesitamos terminar todos los propósitos para demostrar que el año valió la pena. Hay avances que no aparecen en ninguna lista: aprender a poner un límite, pedir ayuda, abandonar una relación que nos hacía daño, acompañar a alguien, identificar nuevos aliados en la ecuación de crecer el negocio, comenzar de nuevo o reconocer que ya no queremos aquello que deseábamos en enero.
Quizá algunos objetivos todavía sean posibles y valga la pena ir por ellos.
Pero también necesitamos elegir.
Elegir qué merece nuestra energía durante estos últimos meses. Qué puede esperar. Qué debemos compartir. Qué necesitamos soltar y qué espacios de nuestra vida no estamos dispuestos a sacrificar para llegar a diciembre con una lista completa, pero con nosotros completamente vacíos.
El equilibrio no significa renunciar a las metas. Significa preguntarnos cómo queremos alcanzarlas y qué precio estamos dispuestos a pagar.
La flexibilidad no es cambiar los objetivos cada vez que algo se complica. Es tener la capacidad de revisar el camino cuando la realidad demuestra que el plan necesita ajustes.
Y la responsabilidad tampoco consiste en prometer que podremos con todo. A veces implica hablar a tiempo, renegociar un compromiso y concentrarnos en aquello que verdaderamente genera valor.
Tal vez el último trimestre no necesite más velocidad.
Quizá necesite mejores decisiones, conversaciones más honestas y la valentía de reconocer que el año no tiene que ser rescatado. Tiene que ser comprendido.
Todavía quedan meses para construir, cerrar, aprender y disfrutar. No hace falta convertirlos en una carrera que nos impida estar presentes en nuestra propia vida.
Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte una pregunta:
¿Qué estás intentando alcanzar antes de diciembre y qué podrías perder de ti durante la carrera?
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