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ESTAR FUNCIONANDO NO SIGNIFICA ESTAR BIEN

IVÁN JAVIER GONZÁLEZ
IVÁN JAVIER GONZÁLEZ

Hay personas que llegan puntuales, cumplen sus metas, responden mensajes y hasta sonríen.

Y, aun así: no están bien.

Asisten a reuniones mientras intentan controlar la ansiedad. Presentan resultados después de una noche sin dormir. Escuchan los problemas de los demás mientras esconden los propios. Continúan trabajando durante un duelo, una separación, una discusión con sus "personas vitaminas", atravesando una enfermedad o una preocupación que ocupa gran parte de sus pensamientos.

Desde afuera parecen estar funcionando.

Y como funcionan, casi nadie pregunta qué está ocurriendo por dentro.

Hemos aprendido a relacionar la salud mental con la capacidad de seguir cumpliendo. Si una persona trabaja, conversa, se ríe y entrega resultados, asumimos que está bien. Esperamos a que deje de concentrarse, comience a faltar o disminuya su desempeño para reconocer que quizá necesita apoyo.

Como si el sufrimiento tuviera que afectar un indicador para volverse importante.

Pero cumplir no siempre significa estar bien. Algunas personas se han vuelto expertas en continuar mientras se sienten rotas, preocupadas, agotadas o profundamente solas.

No necesariamente porque quieran fingir, sino porque aprendieron que detenerse puede tener consecuencias. Temen ser consideradas débiles, poco profesionales, inestables o incapaces de asumir responsabilidades.

Entonces responden con una de las frases más utilizadas de nuestro tiempo ante la pregunta ¿cómo estás?

"Estoy bien"

¿Pero realmente está todo bien?

Pero también puede ser la manera más segura que encontraron para decir que algo está ocurriendo sin tener que explicarlo todo.

Esta semana, con motivo del Día Mundial de la Salud Mental, quiero invitarlos a escuchar y reconocer la experiencia de quienes atraviesan situaciones relacionadas con su bienestar emocional.

Escuchar parece sencillo, pero no siempre sabemos hacerlo.

A veces preguntamos "¿cómo estás?" esperando recibir un "bien" que nos permita continuar rápidamente con la conversación. Otras veces ofrecemos consejos antes de comprender, comparamos dolores o intentamos animar a la persona con frases como "todo pasa", "debes ser fuerte" o "hay gente que está peor".

Lo hacemos con buena intención, pero escuchar no consiste en apresurarnos a reparar al otro.

Escuchar es permitir que una persona explique cómo está viviendo su realidad sin corregir inmediatamente su emoción. Es reconocer que la experiencia de quien atraviesa una situación contiene información que no podemos obtener únicamente desde los manuales, las estadísticas o nuestra propia perspectiva.

Esto también debería ocurrir dentro de las organizaciones.

Todavía se diseñan programas de bienestar sin preguntarles a las personas qué necesitan. Se organizan charlas sobre manejo del estrés mientras se mantienen cargas imposibles. Se promueve la importancia de pedir ayuda, pero se conserva una cultura en la que mostrar vulnerabilidad puede afectar la percepción de liderazgo o compromiso.

No basta con ofrecer una línea de atención si nadie se siente seguro para utilizarla.

Tampoco basta con hablar de salud mental una vez al año. El bienestar se construye diariamente en la forma de liderar, distribuir las cargas, detener una junta si hay algo que generó un impacto en alguno de los asistentes tras una llamada inesperada, respetar los descansos, gestionar los errores y responder cuando alguien reconoce que no puede continuar al mismo ritmo.

Ahora bien, los líderes no tienen que convertirse en terapeutas ni diagnosticar a sus equipos. Esa no es su función.

Sí pueden aprender a observar sin invadir, preguntar sin presionar y escuchar sin juzgar. Pueden evitar hacer promesas que no podrán cumplir, orientar hacia apoyo profesional y revisar si el trabajo está agravando una situación que requiere cuidado.

También debemos evitar convertir cualquier emoción incómoda en un trastorno. No toda tristeza es depresión, ni toda preocupación representa un trastorno de ansiedad.

Pero tampoco deberíamos normalizar cada señal de malestar hasta que la persona ya no pueda levantarse, trabajar o relacionarse.

El equilibrio comienza cuando dejamos de exigir que alguien se rompa para creerle.

La flexibilidad aparece cuando somos capaces de responder a una necesidad real sin interpretar automáticamente que se está buscando un privilegio.

Y la responsabilidad es compartida: de la persona que necesita reconocer lo que está viviendo y buscar apoyo; del líder que debe crear condiciones de confianza; y de la organización que tiene la obligación de cuidar sin estigmatizar.

Tal vez conozcas a alguien que continúa funcionando, aunque hace tiempo no se siente bien.

Tal vez esa persona seas tú, sea el del cubículo del lado o sea yo.

Pedir ayuda no elimina nuestras capacidades, no borra nuestra trayectoria ni nos convierte en una carga. En algunas ocasiones, puede ser la decisión más responsable que tomemos por nosotros mismos y por quienes comparten nuestra vida.

Porque la salud mental no comienza únicamente cuando dejamos de funcionar.

También merece atención mientras todavía seguimos cumpliendo, respondiendo y sonriendo.

Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte una pregunta:

¿Qué parte de ti sigue funcionando aunque lleva tiempo pidiendo ayuda?

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