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SER PRINCIPIANTE OTRA VEZ

LUCY HOP
LUCY HOP

No sé si a ustedes les pasa, pero esto de vivir en la mediana edad mientras todos los días la tecnología sale con una ocurrencia diferente no me parece nada chistoso. Es bastante incómodo y frustrante darse cuenta de que cada día hay algo nuevo que no sé hacer. Y lo peor de todo es voltear y descubrir que un niño de seis años puede hacer más cosas que tú.

Cuando somos niños, nadie espera que tengamos todo bajo control. Aprendemos a caminar cayéndonos, a andar en bicicleta tambaleándonos y a leer pronunciando palabras como si acabáramos de descubrir el idioma. Nadie considera preocupante que un niño no sepa hacer algo a la primera. Es parte natural de crecer.

Pero cuando somos adultos parece que perdemos la paciencia, y más aún con nosotros mismos. Empezamos una actividad nueva y, si después de dos clases todavía no somos buenos, inmediatamente llegamos a una conclusión bastante contundente: "Esto definitivamente no es para mí". Queremos aprender un idioma y hablarlo con fluidez el jueves, entrar a una clase nueva y movernos como la maestra, utilizar una aplicación por primera vez y entenderla sin preguntar absolutamente nada.

Y pobre de nosotros si alguien veinte años menor tiene que explicarnos por tercera vez dónde picarle. Más aún si ese alguien es tu hija de 22 años, que casi a empujones acepta ayudarte. ¿Ya se le olvidó que tú le enseñaste a usar el tenedor?

Creo que con los años nos acostumbramos mucho a sentirnos competentes. Tenemos una rutina, sabemos resolver nuestros problemas, conocemos nuestras fortalezas y nos movemos con cierta seguridad en aquello que hacemos todos los días. Por eso regresar al lugar de "no sé" puede sentirse muchísimo más vulnerable de lo que debería.

A mí, por lo menos, me revienta no saber hacer algo que me interesa, sobre todo cuando veo que los demás lo hacen con una facilidad insultante. Me cuesta detenerme a pensar que casi todo aquello que hoy hago con facilidad alguna vez me costó trabajo. No sé por qué, pero solemos olvidarnos de esa etapa.

Y ahí está quizá una de las cosas más bonitas de volver a ser principiante: nos recuerda que la capacidad no siempre aparece antes de empezar. Muchas veces aparece precisamente porque empezamos.

Ser principiante también nos obliga a tolerar algo que de adultos evitamos muchísimo: equivocarnos frente a los demás. No saber dónde picar, preguntar algo obvio, hacer mal un ejercicio, pronunciar fatal una palabra o llegar con la seguridad de haber entendido perfectamente las instrucciones y descubrir, cinco minutos después, que estábamos haciendo exactamente lo contrario. Es incómodo, sí. Pero también puede ser divertidísimo cuando dejamos de tomarnos tan en serio.

Creo que tenemos una obsesión extraña con hacer únicamente aquello para lo que somos buenos. Si no destacamos, sentimos que quizá no vale la pena. Como si cada hobby necesitara convertirse en talento, cada interés en productividad y cada cosa nueva en una habilidad que podamos presumir.

Pero ¿quién dijo que todo lo que hacemos tiene que servir para algo? Podemos pintar horrible y disfrutar pintar. Podemos bailar sin técnica. Podemos jugar un deporte sin ninguna posibilidad de convertirnos en profesionales. Podemos aprender veinte palabras de otro idioma y emocionarnos muchísimo porque entendimos una señal en un aeropuerto. Podemos incluso utilizar la tecnología a nuestro favor únicamente para lo que necesitamos, sin tener que convertirnos en ingenieros en mecatrónica.

A veces basta con disfrutar el proceso. Y quizá ahí está algo que olvidamos cuando crecemos. De niños hacíamos muchas cosas simplemente porque nos divertían. Dibujábamos aunque nuestros dibujos fueran espantosos, cantábamos sin preocuparnos demasiado por la afinación e inventábamos juegos absurdos sin preguntarnos si aquello contribuía a nuestro desarrollo personal. Éramos principiantes profesionales.

De adultos queremos justificar todo. Si hacemos ejercicio, debe mejorar nuestra salud. Si leemos, tiene que enseñarnos algo. Si tomamos una clase nueva, debería servirnos para alguna cosa. Parece que incluso divertirnos necesita producir resultados. Tal vez deberíamos permitirnos aprender algo simplemente porque nos da curiosidad.

Además, ser principiante tiene una ventaja enorme: nos obliga a observar. Cuando creemos que ya sabemos, dejamos de hacer preguntas. Cuando no sabemos, miramos con atención, escuchamos más y estamos abiertos a aprender de personas que quizá nunca habríamos imaginado que podían enseñarnos algo.

Y eso, para mí, es una forma maravillosa de mantenernos jóvenes, incluso a pesar de nuestras limitaciones tecnológicas. No hablo de edad física. Hablo de conservar esa sensación de que todavía hay cosas capaces de sorprendernos, de que no conocemos todo y de que todavía podemos descubrir una habilidad, un interés o incluso una parte de nosotros mismos que no sabíamos que existía.

Quizá durante años pensamos que éramos poco pacientes y descubrimos que sí podemos perseverar. Tal vez creíamos que éramos demasiado miedosos y un día hacemos algo que nunca imaginamos. O encontramos una actividad que nos entusiasma justo cuando pensábamos que nuestros gustos ya estaban completamente definidos.

Me gusta pensar que nunca terminamos de conocernos. Por eso intento cambiar una frase que muchas veces decimos demasiado rápido: "No soy buena para esto". Ahora prefiero pensar: "Todavía no sé hacerlo". Ese "todavía" cambia todo.

"No soy buena" suena definitivo. Cierra la puerta. "Todavía no sé" deja abierta una posibilidad. Quizá aprenda, quizá mejore o quizá descubra que no me interesa. Y también está bien. Porque probar algo y decidir que no era para mí tampoco es un fracaso. Es información.

No quiero llegar a una etapa de mi vida en la que todas mis primeras veces hayan quedado atrás. Quiero seguir entrando a lugares donde no sé exactamente qué hacer. Quiero seguir preguntando, probando, equivocándome y, de vez en cuando, haciendo un poco el ridículo.

Porque hacer el ridículo de vez en cuando probablemente significa que todavía estamos intentando cosas nuevas. Y eso me parece muchísimo mejor que volvernos expertos únicamente en permanecer dentro de nuestra zona conocida.

Tal vez crecer no consiste en llegar a un punto en el que ya sabemos hacer todo. Tal vez crecer también significa tener suficiente seguridad para aceptar que todavía hay muchísimo que no sabemos y suficiente curiosidad para querer descubrirlo.

Así que la próxima vez que empiece algo nuevo y me sienta torpe, voy a intentar recordar que no estoy haciendo el ridículo. Estoy aprendiendo.

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