A los veinte años una tiene una cantidad impresionante de certezas. Y sí, me estoy riendo en voz alta solo de acordarme de todo lo que a esa edad juraba que iba a hacer, pero más todavía de todo lo que juraba que NO iba a hacer.
A esa edad creíamos a ciencia cierta que sabíamos cómo íbamos a vivir, qué cosas jamás íbamos a permitir, cómo educaríamos a nuestros hijos, qué tipo de pareja seríamos, qué ropa nunca usaríamos y, por supuesto, teníamos clarísimo que jamás nos convertiríamos en "esas señoras" que hacen determinadas cosas. Y Dios no quiera que en algún momento fuéramos a repetir las frases que nos decían nuestras mamás. Pero la vida da muchas vueltas, ¿o no?
La seguridad con la que una habla a los veinte debería estudiarse científicamente. "Yo jamás me voy a dormir temprano". "Yo nunca voy a dejar de salir". "Yo nunca voy a decirles a mis hijos que se lleven un suéter". "Yo nunca voy a usar zapatos únicamente porque son cómodos". "Yo nunca voy a emocionarme por comprar cosas para la casa". "Yo nunca voy a decir que la música está demasiado fuerte". Y, por supuesto: "Yo nunca voy a decirles a mis hijas esto o aquello".
Y luego pasa la vida.
Un día te sorprendes diciendo: "Llévate algo porque en la noche refresca", y en ese instante entiendes que ocurrió lo inevitable: te convertiste en tu mamá. No completamente, claro, pero lo suficiente como para preocuparte.
A mí me parece fascinante cómo tantas cosas que antes considerábamos incomprensibles, aburridas o incluso ridículas, de pronto empiezan a tener muchísimo sentido.
A los veinte, quedarte en casa un viernes podía sentirse como una tragedia social. Pero ya a cierta edad, que se cancele un plan puede convertirse en una noticia maravillosa que recibes tratando de ocultar demasiado entusiasmo. "Qué lástima que no nos vamos a poder ver", dices intentando sonar decepcionada, mientras por dentro ya estás imaginando pijama, cena en casa y cero necesidad de arreglarte.
También cambia nuestra relación con el sueño. Antes podíamos dormir tres horas, levantarnos, bañarnos y seguir funcionando. Hoy, una mala noche puede alterar la agenda completa del día siguiente y requerir café, paciencia y cierto aislamiento preventivo.
Y ni hablar de los zapatos. Hubo una época en la que podía utilizar algo incómodo durante horas simplemente porque se veía bonito. Hoy veo unos zapatos espectaculares y mi primera pregunta ya no es: "¿Con qué me los pongo?", sino: "¿Puedo caminar con ellos sin necesitar rehabilitación después?". Eso sí es madurez.
Creo que durante mucho tiempo imaginamos que cambiar significaba traicionarnos, como si aquella mujer de veinte años hubiera firmado un contrato con todas nuestras futuras versiones y nosotras estuviéramos obligadas a respetarlo.
Pero la verdad es que esa mujer todavía no sabía muchas cosas. No sabía lo cansado que puede ser intentar quedar bien con todos, cuánto se agradece una noche tranquila o que la comodidad podía convertirse en un lujo. Tampoco sabía que eventualmente una puede emocionarse genuinamente por un electrodoméstico y, definitivamente, no imaginaba que llegaría un día en el que organizar un cajón pudiera producir una satisfacción inexplicable.
Hay cosas que antes juzgábamos porque todavía no habíamos vivido lo suficiente para comprenderlas. Yo también dije muchas veces: "Eso jamás me va a pasar". La vida tiene una relación complicada con esa frase; casi parece tomarla como un reto. Cada vez que afirmamos "yo nunca", en algún lugar el universo probablemente toma nota. Por eso, con los años, he aprendido a utilizar esa palabra con muchísima más prudencia.
Pero también cambiamos en cosas más importantes. A los veinte creemos que sabemos exactamente qué queremos de la vida. Después descubrimos que nuestras prioridades se mueven, que algunas personas dejan de ser importantes y otras se vuelven fundamentales, que ciertos sueños cambian y que cosas que antes parecían enormes dejan de tener tanto peso.
Aprendemos que no todas las discusiones merecen nuestra energía, que decir que no puede ser una forma de cuidarnos y que estar en paz empieza a resultar muchísimo más atractivo que tener razón. También dejamos de intentar demostrar tantas cosas. Tal vez antes queríamos que todos supieran que podíamos con todo; hoy agradecemos muchísimo cuando alguien nos ayuda.
Antes parecía importantísimo que todo el mundo nos invitara; después entendemos que tampoco queremos ir a todo. Antes teníamos miedo de perdernos algo; ahora empezamos a valorar mucho más no perdernos a nosotras mismas.
Y creo que ahí está la parte bonita de cambiar. No necesariamente nos convertimos en aquello que juramos que jamás seríamos. Tal vez simplemente adquirimos información que antes no teníamos.
La experiencia modifica nuestra perspectiva. Lo que antes parecía aburrido puede empezar a sentirse tranquilo. Lo que parecía conformismo puede resultar equilibrio. Lo que veíamos como falta de aventura quizá era simplemente alguien que ya sabía escoger mejor dónde poner su energía.
Eso no significa que tengamos que volvernos completamente predecibles. Espero seguir haciendo cosas que sorprendan a la versión más joven de mí misma. Espero seguir teniendo planes, curiosidad, ganas de aprender y un poquito de irresponsabilidad bien administrada.
Pero también espero tener la libertad de cambiar de opinión, porque crecer no debería consistir en cumplir todas las promesas que hicimos cuando todavía no sabíamos nada de la vida adulta.
La mujer que fui a los veinte tenía sueños, energía y muchas certezas. La mujer que soy hoy tiene algunas canas, mejores preguntas y bastante menos paciencia para los zapatos incómodos. Y, sinceramente, me cae muy bien.
Así que sí: hago muchas cosas que juré que jamás haría. Me gusta dormir bien, me gusta estar en mi casa, me llevo un suéter, me emociono con cosas prácticas, algunas veces prefiero cancelar un plan y otras hasta bajo el volumen de la música.
Y no me preocupa demasiado, porque cambiar no significa que nos hayamos perdido. A veces significa exactamente lo contrario: que después de vivir, equivocarnos, aprender y volver a elegir, finalmente estamos descubriendo qué cosas realmente nos hacen bien.
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