De política y cosas peores
ARMANDO CAMORRA
Una entrevistadora de televisión le preguntó en la calle a Rosibel: "¿Qué opina usted de la posición iraní?". "Nunca la he probado -respondió ella-, pero suena interesante". "¿Por qué te vas, Ancilia?" -le preguntó consternada doña Panoplia a la joven y linda mucama de la casa. Explicó la muchacha: "Porque encontré una casa donde me van a pagar por hacer lo que el señor me hace en esta casa sin pagarme nada". "Pasó. ¿Qué resta ya de tanto y tanto deliquio?". El lamentoso verso de Othón sería aplicable a la Copa del Mundo de no ser porque el poema es demasiado bello y elevado para darle ese destino. El evento deportivo quedará en la memoria de algunos profesionales del deporte, y pasará luego a la colección de olvidos de quienes vivieron por algunos días la pasión del juego. Me apena con moderada pena no haber sentido esos entusiasmos, pues otros muy diferentes son los míos. Un individualismo quizá absurdo me impide caminar junto a las muchedumbres. No escribí ningún artículo sobre futbol, ni aventuré pronósticos sobre los juegos, porque lo ignoro todo acerca de tal juego. Me alegra la alegría de quienes disfrutaron de los partidos y se apasionaron con ellos. Sinceramente habría querido emularlos, pero no tuve nadie que me ordenara verlos, a la manera en que la Presidenta Sheinbaum hubo de atender la invitación-mandato de su homólogo-patrón del otro lado. (El de este lado sabemos bien quién es). Terminado el torneo miles de millones de personas en todo el mundo volverán a la realidad de cada día, realidad que tiene el defecto de ser demasiado real. La nuestra, la de los mexicanos, es cada vez más aflictiva, y ahora deberemos esperar la próxima Olimpíada para tener otros días lenitivos. Esta Copa fue una especie de paréntesis en la vida cotidiana de incontable gente sobre la faz de la Tierra. Otros seguimos nuestro camino sin gritar "¡Heeey puto!" ni "¡Gooooool!". Cada quién, como dice el lacónico decir. Felicito a quienes disfrutaron estos días. Yo disfruto mis años plenamente, y gozo con los goces de mi prójimo, aunque no participe de ellos. Otras venturas vivo con plenitud, y eso me permite seguir en el camino -en los caminos- recogiendo con gratitud los dones que me da el Misterio: el recuerdo de la amada eterna; la presencia de mis hijos, mis nietos y el nuevo amor de mi bisnieto; la familia y los amigos; el afecto de los cuatro lectores para quienes escribo estas líneas y todas las demás. Ellos seguramente me perdonarán no haberme apasionado con la Copa del Mundo. "Pasó. ¿Qué resta ya de tanto y tanto deliquio?". El recién casado llegó a su departamento por la noche y fue hacía su flamante esposa, que estaba en la cocina preparando la cena. La besó tiernamente, luego amorosamente, y después apasionadamente. A esos besos siguieron caricias encendidas por parte de ambas partes, lo cual condujo inevitablemente al acto del amor, celebrado ahí mismo por la ardentía de los desposados. ¿En dónde yogaron? Me da pena decirlo, pero fue sobre la mesa de la cocina, mueble que no tiene ese destino. ¿Acaso se pican cebollas y tomates en el lecho conyugal? Bien dice el sabio proloquio de la gente: "Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar". Pero la calentura suele ser muy caliente, y la cachondez muy cachonda. Cuando se encrespa la parte de abajo, la de arriba deja de pensar. Ambas no pueden funcionar al mismo tiempo. Abreviaré el relato. La joven esposa llevó a su maridito a fantásticas cumbres de erotismo. Al terminar el extático delirio él le dijo a ella, ahíto y satisfecho: "¡Qué equivocada estaba tu mamá! ¡Siempre me decía que no eres buena en la cocina!". FIN.