Alicia: la mujer que 'le da bola' al calzado de laguneros
En la Alameda Zaragoza de Torreón, cada día convergen historias, se entrelazan vivencias y se dejan ver los esfuerzos de quienes la habitan. En el contorno de este espacio público, por ejemplo, se ofrece el servicio de los lavacoches: hombres armados con franela en mano que se ganan el sustento a diario desafiando los rayos ardientes del sol del desierto.
También están los que venden semillas, dulces y cigarros sueltos. Puestos de gorditas que sueltan humo desde temprano y, también se ubican ellos, los boleros, figuras que parecen estar detenidos en el tiempo. En ese último grupo se encuentra Alicia, la única mujer -al menos de Torreón- que 'le da bola' al calzado de los laguneros.
Alicia Villalba Méndez antes se dedicaba a su casa, pero un quiebre económico la hizo salir y aprender el oficio que ya practicaba su esposo. Él, quien desde niño sufre sordera, la enseñó a lustrar con paciencia, dedicación y empeño.
"Tuve que venir a apoyarlo", expresa la mujer que lleva 24 años ejerciendo un oficio que surgió en la región como un servicio cotidiano cuando el calzado de cuero era dominante. Como dato histórico, fue especialmente común entre las décadas de 1930 y 1960, cuando "dar bola" era parte de la rutina antes de eventos sociales.
Más de 90 años después, Alicia, junto a su esposo, no deja que el oficio se desdibuje. Mientras sacude el polvo de los zapatos de un cliente, cuenta a este diario que el hombre con quien ha compartido la vida dejó la venta ambulante cuando descubrió en la boleada una fuente estable de ingresos. Con el tiempo, limpiar zapatos dejó de ser sólo un sustento para convertirse en una forma de habitar el mundo.

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La especialista señaló que la informalidad no solo limita el bienestar de los trabajadores, sino que también absorbe gran parte del crecimientoActualmente, Alicia no sólo domina el arte del boleado, también se ha ganado el respeto de los clientes que prefieren el acabado que ella les deja a los zapatos.
Su cajón, más que un punto de trabajo, puede ser apreciado como un espacio de resistencia: ahí, entre betunes, franelas, trapos, tintas y conversaciones fugaces, sostiene una historia de esfuerzo compartido, de amor y de dignidad.
Desde las nueve de la mañana se enfunda en su mandil gastado para esperar a todo aquel, o aquella, que busque sacarle brillo a su calzado. Su jornada termina, lleguen o no lleguen clientes, hasta las cinco de la tarde.
El banco, las cajas de grasa, la tinta, los cepillos alineados, el trapo que va y viene, y los transeúntes avanzando, son parte de la narrativa visual que encuadran el oficio que Alicia tanto quiere.

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Canacintra considera indispensable que el diseño e implementación de la reforma se realice bajo un esquema de diálogo tripartitoA ella le da orgullo saberse bolera, por eso sonríe y está atenta a las historias que sus clientes le cuentan. "Lo más bonito es atender al cliente como se merece", expresa la mujer de cabello cano, manos gruesas y espíritu inquebrantable.

En más de dos décadas, la especialista en zapatos relucientes, ha visto crecer generaciones. Niñas que llegaban de la mano de sus padres y que luego regresan convertidas en mujeres.
"Unas hasta me dicen abuelita". Y es que Alicia tiene una vibra bonita, su trato cálido teje confianza y seguridad, tanta que, expresa: "También aquí he juntado matrimonios".
Y es que la boleada no es solo un servicio: es un punto de encuentro. Un lugar donde los pasos se detienen, donde los zapatos cuentan historias y Alicia, con cada pasada de cepillo, las devuelve al camino. Su cajón no sólo limpia el polvo del día, también resguarda fragmentos de vida que, entre brillo y conversación, marcan el pulso cotidiano.
La bolera narra que tuvo tres hijos, y que todos salieron adelante con el ingreso que han obtenido, ella y su esposo en el arte del boleado.

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En el país ya se manifiesta en una creciente escasez de talento al momento de contratar"Lo poco que les dimos, lo supieron aprovechar", mencionó Alicia con cierta serenidad en el rostro.
Aunque para ella el oficio ya no es el mismo, donde fechas como el 15 de septiembre o el 20 de noviembre vaticinaban buenas temporadas, porque la gente llegaba con varios pares de zapatos que buscan se vieran limpios para desfiles o compromisos, actualmente, en ocasiones, Alicia recibe apenas un par de clientes.
La juventud ya no bolea sus zapatos, dijo. Los tenis han desplazado al cuero. La prisa ha borrado el ritual y el brillo en el calzado dejó de ser prioridad.
"Todo eso se está perdiendo". Aun así, Alicia llega todos los días. Aunque no haya trabajo. Aunque el sol caiga igual. Aunque el ingreso sea incierto. Ella siempre está ahí.
A estas alturas reconoce que lo suyo ya no se trata sólo el dinero, también sabe que la lealtad por el oficio es la que la mantiene a flote, ese que aprendió por amor y que hoy sostiene por convicción.


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Coparmex ha advertido que el panorama para las pequeñas y medianas empresas en México se ha vuelto cada vez más complejoAlicia y su esposo siempre están juntos. Compartiendo el silencio, el espacio, la rutina. Cuarenta y cuatro años de matrimonio se traducen en una complicidad que no necesita palabras.
La boleada cuesta lo mismo desde hace tiempo, 35 pesos. No hay margen para subir precios cuando los clientes escasean. También lava tenis, siempre que el material lo permita. Todo suma. Todo cuenta.
Porque aquí, cada peso tiene historia. Antes de despedirse de la grabadora, Alicia no habla de sacrificios ni de cansancio, más bien habla de gratitud: "a todos los clientes les digo gracias. No se olviden que aquí estamos".
Su frase queda suspendida en el aire, como una invitación, pero también como advertencia. Porque en medio de una ciudad que cambia, que acelera el paso y deja atrás sus propios rituales, Alicia elige quedarse. Permanece en su silla, cepillo en mano, sosteniendo un oficio que se resiste a desaparecer. Y en ese gesto cotidiano, casi invisible, se entreteje una forma silenciosa de resistencia: la de quien, sin hacer ruido, le saca brillo a la memoria urbana de La Laguna.