Neuroeducación: claves para desarrollar la resiliencia en el aula
Sobreponerse al caos con herramientas que permiten superar las adversidades desde temprana edad fomenta el desarrollo de una capacidad de adaptación que, a su vez, crea una fortaleza emocional para paliar cualquier situación que se presente en la vida.
En un contexto escolar, la resiliencia permite al estudiante afrontar situaciones desfavorables y resignificarlas como oportunidades de aprendizaje sin llegar a un punto de frustración extrema, puesto que el enfoque no es evitar el estrés, sino aprender a gestionarlo.
Sin embargo, no es solo una actitud, sino un proceso neurobiológico activo que depende de la neuroplasticidad, que es la capacidad del cerebro para cambiar y reconectarse. Con esto se afirma que no es un rasgo con el que se nace, sino una habilidad que se desarrolla físicamente.

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Aunque todos los cerebros son plásticos, es decir, tienen la capacidad de moldearse, adaptarse y reorganizar sus conexiones neuronales, esta capacidad varía drásticamente según la edad, los hábitos, la actividad física y su entorno. Aquellos que son más adaptables son los que están expuestos a ambientes enriquecidos con estímulos de aprendizaje constante.
Detrás de esta capacidad también se encuentran importantes mecanismos biológicos esenciales, tales como la asociación entre la amígdala y la corteza prefrontal, la cual interviene para regular y calmar la respuesta de alerta emocional de la amígdala; el Eje Hipotálamo-Hipófisis-Adrenal (HHA), (sistema encargado de liberar cortisol) cuya recuperación fisiológica es más rápida en personas resilientes; el equilibrio y la modulación de químicos cerebrales clave como la dopamina y serotonina (neurotransmisores); y la expresión genética, pues existen genes de expresión temprana y factores de crecimiento cerebral que son necesarios para reestructurar las conexiones y desconexiones entre neuronas.

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En los primeros años
La infancia es la etapa de mayor plasticidad cerebral, donde la relación de parentalidad de crianza positiva establecida entre progenitores e hijos puede impulsar significativamente el desarrollo de la resiliencia. Este tipo de crianza implica apoyo emocional no sobreprotector, así como coherencia en recompensas y amonestaciones de tipo educativo en forma propositiva.
“Tú puedes hacerlo mejor y yo estoy a tu lado”, ejemplificó el biólogo y catedrático David Bueno i Torrens durante una charla para Education Talks sobre cómo brindar apoyo a los infantes, donde agregó que las familias que se mueven en estos parámetros ayudan a que el cerebro de sus hijos sea más capaz de gestionar sucesos de ansiedad y estrés.
Esto se confirma con estudios realizados por el Center on the Developing Child de la Univerdad de Harvard, que señalan que el factor determinante para la resiliencia es la presencia constante de al menos un adulto receptivo, estable y cariñoso, lo que actúa como un “amortiguador biológico” contra el estrés.

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El Academic Ranking of World Universities (ARWU) 2026 y el Ranking Webometrics 2026 analizaron a más de 2 mil 500 y más de 32 mil universidades en el mundo, respectivamenteLa educación y regulación emocional también se suman a los puntos esenciales que fomentan la resiliencia desde la infancia. Ayudar al niño o niña a identificar qué sienten y reconocer las propias emociones de los adultos fortalece la conexión entre el hemisferio derecho (parte emocional) con el izquierdo (parte lógica).
Para los más pequeños, la observación, el modelaje y la imitación son las maneras más rápidas y fáciles de aprender, por lo que también aprende mientras observa a los adultos manejar su frustración. En el adulto, cuestiones como mantener la calma y admitir las emociones que le desbordan si los pequeños preguntan son un gran ejemplo. En cambio, cuando un menor cuestiona “¿Por qué lloras?” y el adulto no reconoce la emoción y responde de manera similar a “No estoy llorando, todo está bien”, es posible que genere confusión en el menor y dificulte su aprendizaje sobre la gestión de sus emociones. A su vez, les resultará complejo identificar y validar lo que sienten los demás. Una alternativa al ejemplo expuesto podría implicar un diálogo entre el adulto y el menor como “Sí me siento un poco frustrado en este momento, pero no tienen nada que ver contigo. Solo necesito un poco de espacio”.

A la par, la implementación de hábitos que fortalecen el cerebro será de gran utilidad para favorecer la neuroplasticidad y, a su vez, dar paso a una capacidad resiliente. Entre ellos se incluyen: juego libre y activo para la estimulación de la plasticidad sináptica, un descanso óptimo para consolidar el aprendizaje del día y limpiar toxinas metabólicas, y crear rutinas para generar un entorno seguro que disminuya los niveles de cortisol.

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Una herramienta colectiva para reflexionar sobre problemáticas socialesNeuroeducación
Disciplina que integra la neurociencia, la psicología y la pedagogía. Con base al funcionamiento del cerebro, se optimizan y diseñan métodos de enseñanza más eficaces.
Factores que reducen la neuroplasticidad
- Estrés crónico
- Aislamiento social
- Sedentarismo
- Mala alimentación
- Falta de sueño
- Envejecimiento
Reserva cognitiva
Aprender nuevas habilidades a lo largo de la vida fortalece la arquitectura cerebral, lo que dota a la mente de más vías alternativas ante los desafíos.