¿Siempre tienes espacio para el postre? La ciencia explica por qué el 'huequito' en el estómago sí existe
Seguramente te habrá pasado que terminas de comer y sientes que no puedes dar un bocado más; pero, en cuanto aparece el postre, ese cansancio gástrico desaparece mágicamente.
En Japón, lo definen como Betsubara, que se traduce literalmente como "estómago aparte". Pero, ¿realmente tenemos un compartimento extra para lo dulce?
Según la ciencia, la respuesta no está en un órgano adicional, sino en una fascinante combinación de procesos cerebrales y musculares. La profesora Michelle Spear, anatomista de la Universidad de Bristol, explica que este "huequito" es una respuesta biológica perfectamente normal y bastante ingeniosa, de acuerdo con un artículo de la BBC.

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Contrario a la creencia popular, el estómago no es una bolsa rígida. Cuando empezamos a comer, ocurre un proceso llamado acomodación gástrica. Los músculos del estómago se relajan y se extienden para crear mayor capacidad a medida que aumenta la presión.
Los postres que suelen tener texturas suaves (como mousse o helado) requieren menos esfuerzo digestivo. Esto permite que el estómago se amplíe un poco más sin enviar señales de auxilio inmediato, haciendo "espacio" físico donde parecía no haberlo.
Pero el apetito no solo responde a la necesidad de nutrientes, también existe el "hambre hedónica". Mientras que el hambre física nos pide sobrevivir, la hedónica nos pide placer.
En ella, los dulces activan el sistema mesolímbico de recompensa, liberando dopamina. Este choque de neurotransmisores debilita temporalmente las señales de saciedad enviadas por el cuerpo, dándonos un "segundo aire" para seguir comiendo solo por el gusto de hacerlo.

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Muchos han encontrado un escape emocional en la comunicación la inteligencia artificialOtro factor que ayuda a tener este espacio para seguir comiendo es la saciedad sensorial específica. ¿Te has fijado que después de comer mucho pavo o pasta el sabor te deja de parecer interesante? Esto es porque tu cerebro se "aburre" de los mismos sabores y texturas del plato principal.
Sin embargo, cuando introduces un sabor completamente distinto —como el azúcar o la acidez de una tarta—, la respuesta cerebral se refresca. La novedad reaviva la motivación para comer, haciendo que ese trozo de pastel parezca irresistible.
Algo que también influye es que la señalización entre el intestino y el cerebro no es instantánea. Hormonas como la colecistoquinina y el GLP-1, encargadas de decirte "¡basta, estoy lleno!" tardan entre 20 y 40 minutos en surtir efecto completo.
Finalmente, el postre está ligado al condicionamiento social. Desde niños, asociamos el dulce con la celebración, el premio y la generosidad. En entornos festivos o sociales, tendemos a ignorar las señales de plenitud física debido al placer emocional que nos produce compartir un plato dulce.
Así que, la próxima vez que sientas que "revientas" pero no puedas decirle que no a un postrecito, no te sientas culpable. Tu cuerpo simplemente está ejecutando una compleja danza de hormonas, dopamina y elasticidad muscular diseñada para disfrutar hasta el último bocado.

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