La vocación de enseñar desde el corazón de las comunidades rurales
La primera vez que Velia Alfaro López sintió que quería ser maestra no fue dentro de un salón de clases de la ciudad. Fue frente a una vieja escuelita rural de adobe, casi al punto del colapso, ubicada en una comunidad apartada de Durango.
Tenía apenas 15 años. Había viajado a una misión de Semana Santa organizada por la iglesia a la que asistía y, entre la casa de misión y el templo, se levantaba aquella pequeña escuela antigua de paredes altas y aspecto abandonado. Frente a ella estaba lo que era la Casa del Maestro.
Al echar la memoria hacía atrás, Velia relató a este diario que no podía dejar de mirar aquel lugar: “Me gustaba asomarme a la escuela, y también a la Casa del Maestro”.

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Fue ahí, frente a esos edificios rebasados por el tiempo y el polvo, ahí en una comunidad alejada de la urbe, que Velia sintió un llamado poderoso, ahí en medio de los tonos sepia del paisaje, la joven sentenció: “Quiero ser maestra”.
El decreto resonó hasta su niñez, cuando en forma de juego colocaba peluches frente a ella para imaginar que eran los alumnos y ella era la maestra. También el precepto encontró eco en su adolescencia, etapa en la que fungió como catequista y descubrió que disfrutaba enseñar y convivir con los niños.
Pero fue cuando se cruzó con aquel fotograma rural, que la niña Velia terminó por darle sentido a todo.

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El subsecretario de Educación en la región Laguna de Durango, aseguró que buscará proteger los derechos de los involucradosSoñó entonces con convertirse en una maestra cercana a la comunidad, alguien que conviviera con los niños más allá del aula, así como aquellas docentes que llegó observar reunirse por las tardes para jugar básquetbol con sus alumnos en las comunidades rurales.
Sin saberlo, años después terminaría habitando los lugares que entretejió en sus sueños. Actualmente, Velia Alfaro es directora de una escuela rural en el ejido Solima, poblado que se ubica dentro de Matamoros, Coahuila.
Está por cumplir 18 años dentro de la docencia, 11 de ellos como directora escolar. Pero más allá de los cargos, su historia está marcada por la persistencia, la vocación y una profunda convicción humana sobre lo que significa enseñar.
Su camino hacia la Normal no fue sencillo. Velia estudió la preparatoria en la PVC, ubicada entonces sobre el bulevar Revolución, muy cerca de la Normal de Torreón. Desde ahí veía pasar diariamente a las estudiantes normalistas con su uniforme: zapatillas, medias y tacones.
“Yo decía: ‘Algún día voy a usar ese uniforme’”. Sin embargo, provenía de una familia sin antecedentes docentes y con limitaciones económicas. Fue la primera maestra de su familia. Hija de una madre soltera, enfrentó la posibilidad real de no poder ingresar a la Normal de Torreón aun después de haber aprobado el examen de admisión.

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El especialista Marco Fernández señaló carencias en evaluación, infraestructura y formación técnica en el estadoTambién había logrado entrar a la Normal Rural de Saucillo, Chihuahua, donde el internado y los estudios eran gratuitos. Su madre le explicó que, quizá, esa sería su única opción posible al no contar con los recursos.
“Con todo el dolor de su corazón me dijo que irme era la mejor opción”. Velia lo entendió. Hizo maletas y cuando estaba a punto de zarpar a Chihuahua, la ayuda económica de un tío le modificó el camino. Gracias a ese apoyo pudo inscribirse finalmente en la Normal de Torreón.
“Ahí se me hizo realidad mi primer sueño: usar el uniforme de esa escuela, ese que admiré verles a las muchachas cuando las veía pasar por mi prepa”, compartió.
Estudió la licenciatura en Educación Primaria durante cuatro años. El último lo dedicó a prácticas intensivas en la primaria Sor Juana Inés de la Cruz, en Torreón. Poco después llegaría otro momento decisivo: el examen nacional de oposición para obtener plaza docente.

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Lenia Batres opinó que el Congreso de Guanajuato debe cumplir con su obligación constitucional de destinar los recursos necesarios para consolidar el principio de gratuidadCorría el año 2008. Era la primera generación que accedería a una plaza mediante evaluación. Velia presentó el examen y lo aprobó. Se graduó en julio y para octubre ya estaba frente a grupo.
Su primera escuela fue en el ejido El Cambio, en el turno vespertino. Ahí comenzó oficialmente su historia como maestra rural.
Después trabajó en la escuela Redención Lagunera, ubicada en el ranchito Maravillas, donde permaneció siete años. Fue el lugar donde consolidó su práctica docente y fortaleció la conexión que desde adolescente sentía hacia las comunidades rurales.
Porque si algo ha acompañado la vida de Velia es esa necesidad de pertenecer a un espacio donde la escuela no termine en cuanto el timbre suene.
Con el paso de los años decidió concursar por una dirección escolar. Ganó una plaza como directora en un ejido de Viesca. Más tarde pasó por San Antonio de los Bravos hasta llegar finalmente a Solima, una comunidad en la que, irremediablemente, le crecieron raíces.
“Yo ya me siento de Solima. Si tú me preguntas de dónde soy, yo siempre digo que soy de Solim, aunque viva en Torreón”.

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Ocho de cada 10 estudiantes ya utiliza Inteligencia Artificial para generar sus textosY es que Velia pasa gran parte de sus días en aquella comunidad. No sólo durante el horario escolar. También por las tardes, cuando asiste a los clubes de robótica, noches de cine o simplemente a ser parte de las actividades recreativas.
La imagen que tenía de joven, de las maestras conviviendo con sus alumnos después de clases, terminó convirtiéndose en su realidad.
“Prácticamente me la vivo en Solima”, expresa y la frase no suena a cansancio, sino, a una decisión tomada desde el corazón.
En ese sentido Velia habla de sus alumnos con un cariño evidente. Dice que son ellos quienes le devuelven energía incluso en los días más difíciles.
“Disfruto que me cuenten sus ocurrencias, sus buenas noticias. Me reconforta que tengan confianza en mí”.
Su labor no se limita únicamente a la educación básica. También comparte clases con estudiantes de licenciatura en pedagogía dentro de una universidad. Además, desde hace cinco años desarrolla investigación educativa, especialmente en temas relacionados con liderazgo, gestión y sujetos de la educación, inquietud que nació después de concluir un doctorado.
Y entre todas esas responsabilidades, también está la maternidad. Es madre de Luis Emiliano, un niño de 10 años, con quien comparte la compleja tarea de equilibrar tiempos familiares, investigación y dirección escolar.

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Cuando se le pregunta qué significa actualmente ser docente, responde con tres palabras: “amor, pasión y resiliencia”.
Pero detrás de esas palabras existe una filosofía mucho más profunda. Para Velia, enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos. Cree que el verdadero sentido de la docencia está en la cercanía humana.
“Ser maestra implica comprometerte con ellos de corazón”, explicó.
Por eso insiste en que los títulos o grados académicos no son lo más importante dentro de un aula. Lo esencial, manifestó, es la capacidad de compartir desde la empatía, escuchar, jugar y acompañar.
“El mejor referente que tengo acerca de un maestro es a quien muchos por siglos han llamado Rabí, el Maestro. Ahí radica mi visión de cómo debe ser un maestro”.
En tiempos donde la educación suele reducirse a estadísticas, evaluaciones o resultados, Velia Alfaro sostiene otra idea: la enseñanza también ocurre en las conversaciones cotidianas, en las tardes de cine con alumnos, en un niño que decide acercarse para contar un problema o simplemente en la confianza que se construye día con día.
La niña que jugaba a dar clases frente a sus peluches terminó encontrando su lugar entre escuelas rurales, patios de tierra y comunidades que hoy forman parte de su identidad. Y quizá sea precisamente ahí, en esa permanencia silenciosa y cercana, donde habita el verdadero sentido de la docencia.
En este Día del Maestro, su historia nos recuerda que educar, más allá de los métodos de enseñanza, también representa un acto profundo de amor y presencia.