De política y cosas peores
ARMANDO CAMORRA
¡Mañana! ¡Sí, mañana aparecerá aquí “El Chiste Más Pelado en Todo lo que Va del Año”! Los moralistas deberán abstenerse de poner las manos en este prestigiado diario, pues la extremada sicalipsis de tan nefando cuento podría inficionarlos. ¡No se lo pierdan mis cuatro lectores!... Soy irremisiblemente lampiño. Lo he sido desde joven: mi padre, don Mariano, me embromaba diciéndome que tenía yo cara de nalga de princesa, y me sugería hacer a un lado la Gillette, pues bastaría que me untara con leche las mejillas y me pusiera luego al gato. Lampiño soy, repito. Envidio el bigote de Frida Kahlo y la vellida barba del Cid Campeador. En la España decimonónica habría sido yo cura o torero, pues a los oficiantes de ambos ritos se les prohibía gastar barba o bigote. En cierto modo me enorgullezco de no tener rostro piloso: seguramente lo debo a mi herencia tlaxcalteca, de la cual me ufano. Los hombres y mujeres venidos de Tlaxcala dieron a mi ciudad, Saltillo, su ánima y su estilo. Nos legaron la colorida urdimbre del sarape; la sabrosura del rico pan de pulque; las danzas de los matachines (”Danza, danzante, con el corazón, / que cada paso tuyo es oración”); plantaron las umbrosas huertas de donde salían los perones y membrillos, emblemáticos frutos saltilleros. Calle tradicional del pueblo tlaxcalteca fue la de los Baños, que ahora se llama Francisco Murguía. Yo la frecuentaba en mi niñez por dos gratos motivos. El primero: ahí vivían mis amiguitos Cuitláhuac, Cuauhtémoc, Moctezuma y Xóchitl, cuyo padre era recio indigenista. Jugábamos en la calle, todavía sin asfaltar, y a la hora de la merienda la mamá de mis amigos asomaba a la puerta de la calle y los llamaba a voz en cuello por orden de su llegada al mundo: “¡Cuicui! ¡Cuacua! ¡Chochi! ¡Muma!”.